Oh Señor, inclina tus cielos y desciende

Oh Señor, inclina tus cielos y desciende; toca los montes para que humeen. Despide relámpagos y dispérsalos; lanza tus flechas y confúndelos.

Salmos 144:5-6 (LBLA)

Cambiador del Mundo: Debemos entender que Dios siempre está atento al clamor de Sus siervos y aun puede abrir los cielos y hacer descender su poder y consumir toda la tierra, por la sencilla razón de que todo le pertenece a Él, lo creamos o no. De todas maneras a Él no le importa lo que el impío, el incrédulo o hasta aun ateo consumado pueda pensar de lo que Dios dice que se va a cumplir, Su Palabra la Santa Biblia. Desde Génesis hasta Apocalipsis podemos ver la rebelión del hombre en cada época, empezando desde el huerto con Adán, luego en la época de Noé cuando Dios tuvo que mandar un diluvio por la maldad en la que estaba el mundo; después en la época de la torre de Babel, donde finalmente confundió el idioma y separó a los pueblos para que no siguieran en su rebelión y maldad (Génesis capítulos del 6 al 11). Por toda la Biblia se nos muestra distintas épocas en donde por la rebelión de la humanidad atacan al pueblo de Dios y obviamente a la fe en El. Somos nosotros ahora los que nos hemos declarado cristianos nacidos de nuevo, los que tenemos la responsabilidad de predicar del amor de Cristo para que a los que Él quiera quitar el velo lo reciban como su Rey y Señor, entiendan que Él es el Hijo de Dios, que dio Su vida y Su sangre en una cruz para salvar de muerte eterna a toda la humanidad. También necesitarán creer que El resucitó de los muertos al tercer día, que es el Hijo de Dios, y que solo Él puede perdonar todos nuestros pecados. En pocas palabras, Cristo quiere salvar a todos, pero no obligará a nadie, lo más difícil Él ya lo hizo, que fue pagar el precio de todos los pecados que El no cometió, pero no impondrá Su voluntad en quienes lo rechazan (Romanos capítulos 3,4 y 5). Solo en Cristo hay salvación y Él es nuestra esperanza de gloria que cambia el mundo (Colosenses 1:26-27). Aleluya.

Extiende tu mano desde lo alto; rescátame y líbrame de las muchas aguas

Extiende tu mano desde lo alto; rescátame y líbrame de las muchas aguas, de la mano de extranjeros cuya boca habla falsedad y cuya diestra es diestra de mentira.

Salmos 144:7-8 (LBLA)

Cambiador del Mundo: Cuando en verdad conocemos que Dios es nuestro Padre y nosotros nos comportamos como Sus hijos, tenemos entonces la confianza de acercarnos a Él y pedirle como el Rey David lo hace en este Salmo que extienda Su mano desde lo alto para rescatarnos y librarlos de las muchas aguas o sea de las muchas situaciones y problemas profundos que estemos pasando. También podemos pedirle que nos libre de los extraños, de todos aquellos cuya boca habla falsedad en su diario vivir calumniando, engañando, chantajeando y sembrando discordia sobre todo entre el Cuerpo de Cristo. Contar con la Palabra de Dios la Santa Biblia, es un regalo invaluable de parte del Señor porque todos los días y a cada instante podemos recurrir a ella y tomar consejo, no importa si has leído antes ese versículo porque en cada problema te hablará y brillará de diferente manera, como cuando un diamante es expuesto a la luz y podemos contemplar su belleza. A ese nivel nosotros debemos valorar el consejo del Altísimo ante cada situación y temporada de nuestra vida aquí en la tierra, que comparada con la eternidad resulta nada. Por eso aunque estamos viviendo en este mundo, no pertenecemos a él (Filipenses 3:20), porque todo aquí es pasajero y tarde o temprano un día se acabará y no quedará piedra sobre piedra como dijo nuestro Señor Jesucristo (Mateo 24:2, Marcos 13:2, Lucas 21:6). Así que pidámosle hoy a Dios que nos dé más hambre y sed de Él y de Su Palabra y como dice el libro de los Hechos, que podamos escapar de esta generación maligna y perversa (Hechos 2:40) y si todavía hay alguien que no conozca a Cristo, el Apóstol Pedro dijo: arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el Nombre de Jesucristo, para perdón de los pecados y para que vengan tiempos de refrigerio y reciban el don del Espíritu Santo (Hechos 2:38, Hechos 3:19). Cristo en nosotros la esperanza de gloria que cambia el mundo (Colosenses 1:27). Aleluya.

Oh Dios, un cántico nuevo te cantaré

Oh Dios, un cántico nuevo te cantaré; con arpa de diez cuerdas cantaré alabanzas a ti, el que da la victoria a los reyes, el que rescata a David su siervo de espada maligna.

Salmos 144:9-10 (LBLA)

Cambiador del Mundo: Cuando nosotros venimos a Cristo, muchos no sabíamos la importancia de alabar Su Nombre, de deleitarnos en Su presencia y de derramar nuestra vida a Sus pies. Y obviamente la religión nunca enseñará nada de eso por cuanto el enfoque religioso es cómo obtener más de Dios sin comprometernos con El, es decir, satisfaciendo nuestro Yo. Pero cuando nosotros tenemos una experiencia personal de amar a Jesús y entregarle nuestra vida, reconciliándonos con El, y pidiéndole perdón por nuestros pecados, entonces nosotros entendemos por qué David el niño cantor de Israel y luego el Rey más poderoso del pueblo de Dios, pasó tanto tiempo escribiendo los Salmos y regocijándose en los brazos espirituales de Dios su padre, cada día de su vida. Sus cánticos aun en sus derrotas o en sus pecados cuando venía a Dios arrepentido, nunca faltaron, él no fue perfecto pero si fue sincero y genuino delante del Señor y todo esto a pesar de que era un hombre conforme al corazón de Dios (1 Samuel 13:14). ¿Qué queremos entender hoy respecto a estas escrituras y a este testimonio? Que nosotros no somos mejores que David, pero tenemos la ventaja de que ya Cristo murió por Su Iglesia y resucitó y le ha dado vida nueva y además ha llenado el corazón de Sus discípulos con el poder del Espíritu Santo que ahora habita en nosotros, ya no es un visitante temporal en las personas como sucedía en el Antiguo Testamento, sino que ahora Él vive en nuestro corazón y nosotros somos Templo de Su Espíritu Santo (Romanos 6:1-13). Pidámosle hoy a nuestro Señor Jesucristo que nunca Su Espíritu se vaya de nosotros y que no permita que lo contristemos para que también tengamos cántico nuevo al que da la victoria a los hijos de Dios (Efesios 4:30). Vamos a cambiar el mundo. Aleluya.

Una vida, una misión

La misión más grande que jamás se haya realizado. El Hijo de Dios viene a la tierra para redimir, para rescatar, para limpiar del pecado a sus hijos amados, a todos los seres humanos que así lo crean y lo deseen.

33 años de una vida de Dios en la tierra, marcada de ejemplos, milagros, enseñanzas, pero también de acusas y advertencias.

La vida de nuestro señor Jesucristo se sintetiza en sus últimos momentos:

La noche antes de entregarse, sabiendo lo que le esperaba, “Padre, aparta de mí este cáliz, pero si es tu voluntad la cumpliré”.

Ya había cumplido. Solo faltaba la consumación, el paso final, lavar los pecados de todos los hombres con su sangre, con su sufrimiento, con su muerte.

Allí se abre un nuevo mundo. La nueva vida, la Resurrección a través de Él.  El que crea renacerá, el que crea, volverá a vivir.

Alguien dijo: El hombre nacer no pide, vivir no sabe y morir no quiere.

Todo eso se sintetiza en pedir, en saber, en querer y creer en la Resurrección; en la vida nueva en Jesucristo.

Por eso tenemos y debemos cultivar ese concepto y el recuerdo el respeto y la cadena de vida que nos prolonga con nuestros descendientes y conecta con nuestros antepasados.

Si esperamos que nuestros hijos y nietos nos recuerden, luego de nuestra partida, lo menos que podemos hacer es recordar a nuestros antepasados a sabiendas que algún día nos reuniremos en Cristo en la nueva vida en la Resurrección.

 

La vida es Misión

Fuimos creados con un destino de grandeza, para que cada uno de nosotros deje una marca imborrable, a los ojos del Creador. Ese es nuestro propósito de vida.

Atravesamos esta vida muchas veces sin saber cuál es el propósito de nuestra existencia. Los días pasan en una sucesión de comer, dormir, ganarse el sustento diario, preocuparse en cuestiones de nuestra apariencia, acumular amigos y relaciones sociales como si fueran objetos de colección, alegrarse, preocuparse, enfermarse, curarse. Pero, ¿Es este el propósito de nuestra existencia? ¿Cómo seremos recordados el día que no estemos? Y lo más importante, ¿qué va a decir Dios cuando nos encontremos frente a Él?

No, la vida no puede ser una sucesión de eventos sin propósito, sin trascendencia. Sin dudas fuimos creados con un destino de grandeza, para que cada uno de nosotros deje una marca imborrable, a los ojos del Creador. Y encontrar ese propósito es la tarea más trascendental de nuestro existir, porque la vida es misión, y sin saber cuál es nuestra misión, vano paso haremos por este mundo.

Sin embargo, es difícil la tarea de saber cuál es la misión de cada uno de nosotros. Y Sí, me refiero a ti, y no a ninguna otra persona, al alma que lee estas líneas en este preciso instante. ¿Has pensado lo suficiente sobre cuál es el sentido de tu existencia? Conoces, ¿cuál es el propósito de tu vida?

La manera de iniciar este trascendental paso en nuestra vida, es la de meditar sobre nuestra particular ubicación física y temporal en la historia de la humanidad. Dios quiso encarnarse como Hombre, y lo hizo a través de su madre, la que le dio su carne y su sangre. Por treinta y tres años, en un punto ubicado a partir de lo que nosotros llamamos el año uno, Él vivió, comió y predicó entre nosotros. Su legado es amplísimo, pero se resume en la Iglesia, la que es su cuerpo y cada uno de nosotros somos sus miembros”.

La Iglesia entonces, se encarna en nosotros que la componemos, y de ese modo se inserta en el tiempo, en el espacio. Como Cristo, el Verbo de Dios, se insertó en tiempo y espacio como verdadero hombre, y verdadero Dios, así la Iglesia se manifiesta aquí encarnándose en sus miembros, que somos, unidos en comunión, nosotros.

La Iglesia transita los siglos y el espacio, siendo una en Cristo, pero teniéndonos a nosotros como integrantes que le dan cabida y expresión en el mundo material. Esa es nuestra contribución al plan de Dios, ni más, ni menos.

O sea que cada uno de nosotros es un pedacito de esa historia, que aquí y ahora, permite que Dios actúe en el mundo materializando su plan de salvación de las almas. Yo soy, de ese modo, un instrumento fundamental para que el cuerpo se revele y actúe como manifestación del amor de Dios en este mundo, a cada instante.

Mi misión, entonces, es la de desarrollar una tarea particular dentro de ese cuerpo, para que Dios vea en mí una realización completa y efectiva del propósito para el que fui creado. Como una parte fundamental de su cuerpo que, en este particular momento de la historia, necesita actuar como espíritu encarnado.

La clave de mi función en ese cuerpo, es la de mi relación con los demás miembros, ya que el cuerpo (es decir, la iglesia) es comunión, es una unidad que requiere que las partes se reconozcan unidas, y enfocadas en un propósito común. O sea que mi misión se empieza a revelar en cuanto comprendo quiénes son los integrantes de esa comunidad cercana con la que debo actuar corporativamente, como cuerpo.

Dios ha puesto en cada uno de nosotros una precisa cuota de talentos y capacidades, que, puestas al servicio de la iglesia, en comunión, en unidad, dan los frutos establecidos en el propósito de nuestra creación. Esto podemos llamarlo misión.

No estamos hablando de una misión que, en términos humanos, provoque fama y visibilidad. No es eso de lo que se trata, aunque a veces eso es parte de la particular función de algunas partes del cuerpo. Se trata en general de desarrollar en extremo un testimonio de amor, entrega y virtud, en aquel espacio en que nos toca vivir.

Un artista será testimonio del amor de Dios en el arte, una madre dará muestra del amor puesto al servicio de formar buenos hijos de Dios, un padre trabajador podrá ser ejemplo de honestidad y esfuerzo, honrando a Dios en todo momento y circunstancia.

Algunos son elegidos, llamados, para trabajar en forma directa en la inagotable tarea de la evangelización, como apóstoles. Y no me refiero sólo a almas consagradas, sino también “a todos los llamados de mi nombre, para gloria mía los formé y los hice” (Is. 43:7) que reciben lo necesario para tomar las semillas que la Iglesia disemina, e inseminarlas en el suelo fértil del mundo. Es decir, en sembrar la Palabra en la tierra de la sociedad, para que germine y produzca frutos de evangelización, al mil por uno.

La vida es misión, sólo que millones de almas la transitan sin siquiera saberlo, sin dedicarse a descubrir el propósito de su existir. No hay nada más triste que circular por la vida sin dejar una marca que permita a Dios sentirse orgulloso de nosotros.

Y tú, como parte del cuerpo del Señor, ¿actúas en tu carne y tu mente, en tu palabra y en tus actos, permitiendo al Espíritu manifestarse a través tuyo, para darle la gloria a Dios?

La Autoestima y la Biblia

Desde la antigüedad, las escrituras judío-cristianas han ofrecido varias de las mismas perspectivas reconocidas hoy día por los investigadores como beneficiosas para edificar la autoestima. La Biblia repetidamente menciona elementos del control y la eficacia propia, conectando el «hacer bien» con el «sentirse bien».

 

Toda persona tiene en su interior sentimientos, que según su personalidad puede manifestarlos de diferentes maneras. Muchas veces estas manifestaciones dependen de otros factores, según el lugar físico, sentimental y emocional, éstos pueden influir positiva o negativamente en la formación de la persona o sea en la Autoestima.

 

¿Qué es la Autoestima?

La autoestima se define como el sentimiento valorativo de nuestro ser, de nuestra manera de ser, de quienes somos nosotros, del conjunto de rasgos corporales, mentales y espirituales que configuran nuestra personalidad. Esta se aprende, cambia y la podemos mejorar. Es a partir de los 5-6 años cuando empezamos a formarnos un concepto de cómo nos ven nuestros mayores (padres, maestros), compañeros, amigos, etcétera y las experiencias que vamos adquiriendo.

 

Según como se encuentre nuestra autoestima, ésta es responsable de muchos fracasos y éxitos, ya que una autoestima adecuada, vinculada a un concepto positivo de mí mismo, potenciara la capacidad de las personas para desarrollar sus habilidades y aumentará el nivel de seguridad personal, mientras que una autoestima baja enfocará a la persona hacia la derrota y el fracaso.

 

Pero, ¿Qué pasa con la llamada “baja autoestima”?

Todos tenemos en nuestro interior sentimientos no resueltos, aunque no siempre seamos conscientes de estos. Los sentimientos ocultos de dolor suelen convertirse en enojo, y con el tiempo volvemos el enojo contra nosotros mismos, dando así lugar a la depresión.

 

Estos sentimientos pueden asumir muchas formas: odiarnos a nosotros mismos, ataques de ansiedad, repentinos cambios de humor, culpas, reacciones exageradas, hipersensibilidad, encontrar el lado negativo en situaciones positivas o sentirse impotentes y autodestructivos.

 

Cuando una persona no logra ser autentica se le originan los mayores sufrimientos, tales como, enfermedades psicológicas derivadas por lo general en depresión, neurosis y ciertos rasgos que pueden no llegar a ser patológicos, pero crean una serie de insatisfacciones y situaciones de dolor, como por ejemplo, timidez, vergüenza, temores, trastornos psicosomáticos, entre oros.

 

La autoestima es importante porque es nuestra manera de percibirnos y valorarnos, así como también moldea nuestras vidas. Una persona que no tiene confianza en sí misma, ni en sus propias posibilidades, ya sea por experiencias vergonzantes que lo han hecho sentir de esa manera, o por mensajes de confirmación o negativos, son trasmitidos por personas importantes en la vida de ésta, que la alientan o la denigran.

 

Otra de las causas por las cuales las personas llegan a desvalorizarse, es por la comparación con los demás, destacando de éstos las virtudes en las que son superiores, por ejemplo: sienten que no alcanzan lograr llegar a “niveles” que otros alcanzan; creen que su existencia no tiene una finalidad, propósito, ni sentido y se sienten incapaces de otorgárselo; sus seres queridos los descalifican y la existencia se reduce a la de un ser con muy baja autoestima. No llegan a comprender que todas las personas son diferentes, únicas e irrepetibles, por lo que se consideran menos que los demás.

 

La persona, va creciendo y formando su personalidad dentro del ambiente familiar, que es el principal factor que influye en la formación de la misma, ya que le incorpora a ésta los valores, reglas y costumbres que a veces suelen ser contraproducentes.

 

Algunos de los aspectos ya mencionados son incorporados, a la familia, por medio del “modelo” que la sociedad nos presenta, y éste es asimilado por todos los grupos sociales. Pero, la personalidad de cada uno, no sólo se forma a través de la familia, sino también, con lo que ésta cree que los demás piensan de ella y con lo que piensa de sí misma, al salir de este ambiente y relacionarse con personas de otro grupo diferente.

 

La autoestima, además es aprender a querernos, valorarnos, aceptarnos como somos y respetarnos; es algo que se construye o reconstruye en nuestro intelecto, pero depende (no enteramente) del ambiente familiar en el que estemos y los estímulos que este nos brinda.

 

Muchas de las heridas emocionales que tiene una persona, producidas en su niñez pueden causarnos trastornos psicológicos emocionales y físicos (psicosomáticos: cáncer, úlceras, hipertensión, trastornos cardíacos y alimentarios, problemas en la piel, depresiones, etc.), produciendo dificultades en la vida de las mismas (conflictos serios en el trabajo, disminución de la energía y de la capacidad creativa, relaciones matrimoniales desastrosas, no poder hacer o conservar amigos, poco entendimiento con las hijas e hijos).

 

Existen padres, madres, docentes o cuidadores que humillan, desprecian, no prestan atención, se burlan o se ríen del niño/a cuando pide ayuda, siente dolor, tiene un pequeño accidente, necesita que lo defiendan, expresan miedo, piden compañía, se aferra buscando protección, tiene vergüenza, etc..

 

Rescatando nuestra valía

Hay que tener en cuenta que el concepto de “autoestima” como sentimientos de valía basados en habilidades, logros, estatus, recursos financieros, o apariencia, puede conducir a que la persona se sienta independiente, orgullosa, e indulgente en la auto-idolatría, la cual embota nuestro deseo por Dios, pues “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.” Santiago 4:6.

 

Si sólo confiamos en nuestros “logros”, inevitablemente nos quedaremos con una sensación de mérito basado en el orgullo. Jesús nos dijo: “Cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos.” Lucas 17:10.

 

Esto no significa que los cristianos deban tener una baja autoestima. Sólo significa que nuestro sentido de ser una buena persona, no debe depender de lo que hacemos, sino de quiénes somos en Cristo. Necesitamos humillarnos a nosotros mismos ante Dios, y Él nos honrará. El Salmo 16:2 nos enseña: “Tú eres mi Señor; no hay para mí bien fuera de ti.”

 

Así los cristianos alcanzan valía y autoestima, teniendo una correcta relación con Dios. Podemos saber que somos valiosos, por el alto precio que Dios pagó por nosotros, a través de la sangre de Su Hijo, Jesucristo.

 

La Biblia nos dice que Dios nos dio el valor cuando nos compró para que fuésemos Su propio pueblo (Efesios 1:14). Por esto, solo Él es digno de honor y alabanza. Cuando tenemos una sana autoestima, nos valoraremos lo suficiente para involucrarnos en hacer y procurar siempre el bien a los demás.

 

Por ello, debemos conducirnos con humildad, pensando en los demás como superiores a nosotros mismos (Filipenses 2:3). El Apóstol Pablo nos advierte: “A cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.” Romanos 12:3.

 

Esa sencillez, que sería la media entre el orgullo vanidoso de quienes ostentan la soberbia como estilo de vida, y la baja autoestima del otro extremo que deriva en depresión, acompañada de sentimientos negativos, ya sean físicos, emocionales, intelectuales… propios de desaprobación, en Cristo tienen solución.

 

El apóstol Pablo, en su segunda carta a los corintios, escribió: “… De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas…” ¿Qué es estar en Cristo? Precisamente es vivir junto con Él, seguirle y obedecerle porque le amamos.

 

Reconocer que le necesitamos para alcanzar la plenitud en esta tierra, y que solo por Él podremos obtener la vida eterna. Estar en Cristo es anhelar ser como Él. Cuando nos dejamos abrazar por el perdón, la misericordia y el amor de Dios, nuestra vida jamás volverá a ser la misma, porque todo lo que el Señor hace es nuevo, único y con una nueva esperanza.

 

También es importante saber que parte de nuestra autoestima es reconocer nuestras raíces, nuestra procedencia genealógica y darle honor a nuestros ancestros, abuelos, padres y seres queridos, a quienes gracias a su vida, trabajo, y esfuerzo nos han legado la vida. Y para ello, existe Passaway.Org , una plataforma en la Internet, donde podemos rendir tributo en su memoria y celebrar la vida después de la vida.

 

No estaremos completos, si no reconocemos de dónde venimos, pues somos un eslabón en la cadena de la vida. Así que procedamos a valorar también a nuestros parientes, honrando y celebrando mediante un obituario, imágenes, audios, textos cada una de sus vidas, pues vivirán mientras los recordemos.

 

Recuerda: En Passaway.Org

 

La aceptación y el rechazo

Antes que nada, es importante considerar que, aunque en alguna época de nuestra vida hemos de algún modo sufrido por el rechazo, Dios siempre está buscándonos diciendo: “Con amor eterno te he amado. Por lo tanto, te prolongué mi misericordia”. (Jeremías 31:3). También otro pasaje dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo el que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna”. (Juan 3:16).

 

Contrario a la aceptación, el rechazo no lo podemos evitar, pero si podemos manejarlo. Según la Palabra, en Proverbios 3.5-8, dice: “Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas. No seas sabio en tu propia opinión; teme a Jehová, y apártate del mal; porque será medicina a tu cuerpo, y refrigerio para tus huesos”.

 

Cuando ocurre algún incidente, por ejemplo, nos hace pensar o sentir que hemos sino rechazados o que alguien no nos ha mostrado amor (pensamos o sentimos que somos rechazados o no amados) Decidimos permitir que esos pensamientos y sentimientos nos controlen y reaccionamos rechazando a los que nos rechazaron o nos esforzamos más por complacerlos.

Como consecuencia de nuestras reacciones, atraemos más rechazo, repitiendo el ciclo, hasta un punto tal que se podría denominar “muerte en vida” y la relación queda totalmente destruida.

 

El ser humano no fue diseñado para ser rechazado, y buscamos formas de salir del dolor, un escape. Si no estamos en Cristo o no usamos los medios que Él nos ha provisto para resolver el asunto del dolor y del rechazo, vamos a buscar nuestros propios caminos para minimizar el dolor (lo que la psicología llama “mecanismos de defensa que, si bien pueden provocar algún alivio” temporal”, en el corto plazo, en el largo plazo en lugar de resolver el problema, lo van a agravar.

 

Cuando esas formas “personales” de salir del dolor se repiten una y otra vez, provocan que la persona se aficione a su utilización, por lo que deviene en las “adicciones”, que no es otra cosa que una forma de atadura, de “esclavitud”, que deriva en una “parálisis espiritual”.

 

El rechazo, percibido como abuso y traición, provoca sentimientos de abandono, repudio, confusión, afrenta, vergüenza, tristeza, humillación. En la medida en la que se perciben más y más situaciones de rechazo, estos sentimientos llegan a ser tan fuertes en la persona, que provocan una “parálisis emocional” (inhabilidad para dar y recibir amor), que provocan que la persona se marchite, se seque, se convierta en una persona emocionalmente estéril: “Así ha dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová. Será como la retama en el desierto, y no verá cuando viene el bien, sino que morará en los sequedales en el desierto, en tierra despoblada y deshabitada. Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová.” (Jeremías 17.5-6).

 

Derivado de esa parálisis espiritual y emocional, la persona se ve “invadida” cada vez más, por sentimientos de desánimo, decepción, frustración, depresión, soledad, aislamiento, aflicción, amargura, desesperanza, autocompasión, que son, en última instancia, los factores precipitantes de muchas enfermedades físicas (las enfermedades de origen psicosomáticas, según algunos estudios modernos, pueden llegar a ser el 75% de todas las enfermedades de las personas).

 

La solución bíblica para el rechazo.

Aunque a Cristo lo rechazaron, también a nosotros nos rechazarán (Juan 17:14). No podemos evitarlo, sino solo manejarlo. Mientras uno siga esforzándose por ganar la aceptación de las demás personas, seguirá experimentando dolor, pérdida y más rechazo: “Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz.” (Santiago 3:16).

 

Cuando creemos que Dios nos ama profundamente, ya no buscaremos la aprobación y/o aceptación de otros: “En Dios he confiado; no temeré; ¿Qué puede hacerme el hombre?”(Salmos 56:11.

Derivado de ello, utilizaremos la experiencia para crecer en Cristo, permitiendo que Dios obre en esa circunstancia para nuestro bien, formando el carácter de Cristo en nosotros: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.” (Romanos 8:28-29) y Gálatas 5:22-23, dice: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra cuentos cosas no hay ley.”

 

Como consecuencia de nuestra respuesta, cosecharemos, tarde o temprano, amor, consideración y respeto de Dios y de otros.

 

Es importante que aceptemos que Dios nos amó como somos: física y emocionalmente. Espiritualmente Él nos transforma en la clase de personas que Él quiere que seamos. Así que demostremos ese amor y aceptación, así como Dios nos amó y dio a Su Hijo por nosotros.

 

Otra forma de honrar ese amor hacia los demás, es honrando la memoria de nuestros ancestros, que se han adelantado a nuestra existencia. Y aunque ya no estén con nosotros físicamente, podemos “aceptarlos” espiritualmente honrando su memoria. Y para ello existe Passaway, una plataforma en la Internet (sabiamente creada) para mostrar nuestro amor y aceptación, mediante un tributo, un obituario in memoriam, pues nuestros ancestros (abuelos, padres, seres queridos) vivirán mientras los recordemos.

 

Sembremos amor en vez de odio. Ese es el mensaje de nuestro Dios: Amar al prójimo y para ello, debemos aceptarnos como Él nos hizo. Así nos amó. Así, amemos a nuestros semejantes.

El Derecho de nacer, según la Biblia

El salmista David describe la herencia que Dios nos ha dado: “He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre”. (Salmos 127:3).

 

Y continúa diciendo: “Tú creaste mis entrañas; me formaste en el vientre de mi madre. ¡Te alabo porque soy una creación admirable! ¡Tus obras son maravillosas, y esto lo sé muy bien! Mis huesos no te fueron desconocidos cuando  en lo más recóndito era yo formado, cuando en lo más profundo de la tierra era  yo entretejido. Tus ojos vieron mi cuerpo en gestación…” Expresó el salmista David haciendo una retrospectiva de su vida y de la vida humana (Salmos 139, 13-16)

 

También otro profeta escribió las Palabras que Dios mismo le dijera a Jeremías: “Antes de formarte en el vientre, ya te había elegido; antes de que nacieras, ya te había apartado; te había nombrado profeta para las  naciones.” (Jeremías 1:5.)

 

El cristianismo, basado en principios y valores morales, éticos y espirituales consagrados en la ley mosaica, condena la interrupción de la vida, aún en gestación.  Desde el momento de la concepción, se ha demostrado científicamente que el embrión es ya en sí, potencialmente un ser humano, pues siente como tal, aunque obviamente, su desarrollo apenas empieza.

 

Sin embargo, a pesar del mismo punto de vista científico y bioético señalan que el sólo embrión no es en sí  una “persona”. El profeta Jeremías, concluye que los seres humanos existen antes de formarse el zigoto y Dios tiene control aún antes de la gestación, independientemente de cómo se haya dado, pues tiene como fin, la procreación de la vida humana.

 

En la misma ley de Dios, Moisés escribe categóricamente: “No matarás”. Y simplemente podemos preguntarnos, ¿En qué mente o raciocinio cabe cegar la vida de un ser no nacido, cuánto más si se trata de un descendiente nuestro? Lamentablemente, hasta se ha tomado como “método de planificación”, o simplemente, de “solucionar un aparente problema por un embarazo no deseado”.

 

La Biblia y la persona humana

Dios diseñó la “vida humana”, su máxima creación, a quien le dio voluntad y capacidad de elegir, y a pesar de que Dios le ha dicho al ser humano: “Elige pues la vida para que vivas tú, tus hijos y los hijos de tus hijos” (Deuteronomio 30:19) el criterio humano ha sido la desobediencia, lo cual ha traído consecuentemente todo lo contrario a la bendición: la maldición y consecuentemente la muerte.

 

En su desobediencia, el ser humano busca infatigables respuestas y se hunde cada vez más en analogías que más allá de la unión de óvulos y espermatozoides, ADN, ni con ningún otro concepto científico moderno, la vida proyecta, según las escrituras sagradas, para deshacer las obras de las tinieblas: “El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo (Jesús) he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”. (Juan10:10).

 

Esto es, para que dejando a un lado las obras del ladrón de la vida, que son las obras de la muerte: “robar, matar, destruir”, podamos vivir como hijos de la luz, y así demos testimonio del amor, que se hace vida, justicia y paz.

 

Recordemos que “Dios el Señor formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz hálito de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente.” (Génesis 2:7) En cada ser humano existente, ese hálito de vida prevalece y consecuentemente, está implícita la vida.

 

La Biblia prohíbe el aborto considerándolo como asesinato u homicidio e infanticidio, pues una vez concebidos, tienen el derecho de nacer para ver la vida y hacer de este mundo, un mundo cada vez mejor, pues Dios nos ha hecho conforme a Su imagen y semejanza.

 

“¿Quién de todos los pueblos de la tierra no sabe que la mano del Señor ha hecho todo cuantpo existe? En sus manos está la vida de todo ser vivo, y el hálito que anima a todo ser humano.” (Job 12,9-10)

 

Era tal el mandato divino que advirtió que “si en una riña los contendientes golpean a una mujer  encinta, y la hacen abortar, se les hará justicia. Si se pone en peligro la vida de la mujer, ésta será la indemnización: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por  mano, pie por pie, quemadura por quemadura, golpe por golpe, herida por herida.”  (Éxodo 21:22-23)

 

Activistas pro aborto señalan como decisión racional ética y objetiva, “basada en lo mejor de nuestro conocimiento científico”, ya que según se dice, “el feto no ha desarrollado actividad neuronal superior (4 o 5 meses)”, entonces se debate sobre si es o no un ser humano, persona, un embrionario, y matarla se podría condenar como homicidio excepto si la vida de la madre corriera riesgo”.

 

Incluso algunas legislaciones de múltiples estados divergen en que “si el embrión aún no ha alcanzado la madurez necesaria para tener actividad mental discerniblemente humana (antes de 3 meses), entonces no es una persona y no debería haber el menor impedimento jurídico para que la madre decidiera abortarlo, independientemente de las circunstancias”.

 

En todo caso, este criterio bioético y científico para llevar a cabo la interrupción temprana de una vida en curso, de si es o no ético, moral, infanticida y hasta genocida sanguinaria, no es más que la iniquidad y desobediencia humanas a la ley de Dios, que privilegia la vida por encima de todo.

 

Es tiempo que podamos ir a la presencia de Dios y rogar su perdón, por nuestra desobediencia, la cual ha traído como consecuencia, el mal sobre nuestras vidas. Pero Dios mismo se hizo un embrión, concebido por el Espíritu Santo, y pese a que se intentó cegar su vida con el infanticidio por parte de los gobernantes de la época, también tuvo el derecho de nacer.

 

Dios se hizo hombre, para darnos divinidad. Se humanó, humilló, martirizó y murió en la cruenta cruz en pago por nuestro pecado, desobediencia y maldición. Basta que mediante nuestra fe aceptemos su sacrificio en cambio nuestro, para poder tener la vida abundante y eterna que Él prometió.

 

Afortunadamente, y aunque muchos de nosotros, tal vez fuimos concebidos sin ser deseados, Dios le plació que hoy vivamos, que estemos en este mundo con un propósito. Es tiempo que celebremos la vida y también, de manera consecuente, la de nuestros ancestros y padres que nos han dado el derecho de nacer.

 

Podemos celebrar nuestra existencia a través de nuestros seres queridos (ancestros, abuelos, padres) que ya están en la presencia de Dios, en la eternidad, y hacer homenaje a su existencia y para ello existe Passaway.org , una plataforma digital en la cual podemos, mediante obituarios, imágenes, textos y videos, y rendir in memoriam de su legado, esfuerzo, trabajo y enseñanzas.

¿Qué dice la Biblia acerca de la soledad?

En primer lugar, hay que diferenciar entre estar a solas y sentirse solo. Son dos situaciones totalmente diferentes. Alguien puede estar a solas sin sentirse solo, y también se puede sentir solo en una habitación llena de gente.

 

La soledad se puede resumir, simplemente, como un estado de ánimo. También se refiere a una emoción provocada por sentimientos de separación de otros seres humanos.

 

La sensación de aislamiento, provocada por la persona misma, para estar en soledad, aún cuando pudiera compartir un espacio o lugar con otras personas, ya sean amigos, familiares, compañeros de trabajo o estudio, o de rechazo, provocada por otras personas con los que hay algún tipo de relación, se siente profundamente por los que quieren estar o están “solos”.

 

La palabra hebrea traducida “desolado” o “solo” en el Antiguo Testamento, significa “único”, “solo uno”; “uno que es solitario”, “abandonado”, incluso: “miserable”. Y es que según las escrituras, no hay tristeza más profunda que en algún momento venga a la mente la idea de que estamos “solos” en el mundo, que no tenemos un amigo, que no le importamos a nadie, que nadie se preocupa por lo que nos pudiera ocurrir, o que a nadie le importaría si llegáramos a dejar de existir.

El ser humano, no fue hecho o diseñado para estar en soledad. El Génesis relata como Dios mismo, luego de crear al primer hombre dijo: «No es bueno que el hombre esté solo. Haré una ayuda adecuada para él. Entonces el Señor Dios hizo una mujer, y la presentó al hombre» (Génesis 2:18,21)

 

Dios mismo proveyó compañía para el estado de soledad del primer ser humano. Para colmar la soledad de Adán, Dios crea para él «una ayuda adecuada». En la Biblia el término «ayuda» en la mayor parte de los casos tiene a Dios como sujeto, hasta llegar a convertirse en un título divino («El Señor está conmigo y me ayuda» Sal 117, 7); con «ayuda», además, no se entiende una intervención genérica, sino el auxilio dado frente a un peligro mortal. Creando a la mujer como ayuda adecuada, Dios libra al hombre de la soledad que es un mal que mortifica, y lo inserta en la alianza que da vida: la alianza conyugal, en la cual el hombre y la mujer se donan recíprocamente la vida; la alianza matrimonial, en la cual padre y madre transmiten la vida a los hijos.

Sin embargo, y pese a la provisión de Dios, debido a su desobediencia, esa unión perfecta se diluyó y entró en el hombre un estado de “vacío”, debido a que en el ser humano estaba contenida la presencia de su Espíritu. Ahora, tiene compañía, pero su espíritu está lejos de su hacedor. Y nuevamente la soledad le mortifica.

Nada separa tanto al ser humano de la presencia de Dios, que el pecado. El hombre intenta llenar ese vacío y soledad existencial con lo que éste cree, de manera alternativa, que puede satisfacer su interior. “Hay caminos que parecen rectos y al final son caminos de muerte”, enseña Proverbios 14:12.

 

Grandes hombres de Dios también experimentaron momentos de soledad. David, el salmista y rey de Israel, sintió ese vacío profundamente. En una serie de peticiones sinceras y desde lo más profundo de su corazón que le hizo a Dios, David clamó en su soledad y desesperación. Su propio hijo se levantó contra él, los hombres de Israel lo persiguieron, y se vio obligado a huir de la ciudad, y dejar su casa y su familia. “Mírame, y ten misericordia de mí, porque estoy solo y afligido”: Salmo 25:16.

 

Su único recurso fue volverse a Dios y suplicar por la misericordia y la intervención Divina:

“Mírame, y ten misericordia de mí, porque estoy solo y afligido. Las angustias de mi corazón se han aumentado; sácame de mis congojas. Mira mi aflicción y mi trabajo, y perdona todos mis pecados. Mira mis enemigos, cómo se han multiplicado, y con odio violento me aborrecen. Guarda mi alma, y líbrame; no sea yo avergonzado, porque en ti confié. Integridad y rectitud me guarden, porque en ti he esperado. Redime, oh Dios, a Israel de todas sus angustias”: Salmo 25:16-21.

 

En medio de su profunda soledad y tristeza, angustia y desesperación, David estaba consciente de que su única esperanza, consuelo y fortaleza, de que la respuesta sólo estaba en Dios.

 

Es interesante destacar que la palabra “solo” nunca se usa en el Nuevo Testamento para describir un estado emocional de ninguna persona. En el nuevo testamento, la palabra “solo” sólo aparece dos veces y en ambas ocasiones se refiere a lugares desiertos:

“… Grandes multitudes pronto rodeaban Jesús, de modo que ya no podía entrar abiertamente en ninguna ciudad. Tenía que quedarse en lugares solitarios, apartados, pero aun así gente de todas partes seguía acudiendo a él” (Marcos 1:45).

“A menudo Jesús se retiraba a lugares donde podía estar solo para orar”. (Lucas 5:16)

El Maestro se retiraba a lugares apartados, solitarios… donde el Señor Jesús iba para estar a solas, pero no porque se sintiera en soledad, sino que lo hacía con un propósito: Llenarse de Dios.

 

El ser humano, ahora en Cristo Jesús, quien es la perfecta provisión para el estado de vacío del ser humano y volver a tener comunión total. “Jesús dijo: Yo soy el camino (la solución), y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”. Juan 14:6; “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”: Romanos 5:8.

Muchas persona  sienten profunda soledad y tristeza cuando pierden la “compañía” de su pareja, de sus padres, abuelos, de un hijo, o un ser muy querido. La impotencia y vacío existencial se hace intenso. El consecuente luto, se puede hacer llevadero, cuando honramos su memoria. Cuando recordamos su vida, enseñanzas y legado, estamos también liberando esos sentimientos de soledad, y para ello existe Passaway.Org, una plataforma especializada en la Internet que nos ayudará a tener, también, comunión con nuestros ancestros y seres queridos, pues, “vivirán, mientras los recordemos”.

 

Pero, cualquiera que sea la causa de la soledad, el ser humano de hoy, puede experimentar sanidad completa mediante la comunión y el consuelo que sólo se encuentra en Jesucristo.

 

Esa relación de amor con nuestro Maestro ha afirmado y alentado a miles y miles que sufrieron en prisiones e incluso llegaron a la muerte por amor a Él. Él es el amigo “más unido que un hermano” (Proverbios 18:24), que da su vida por Sus amigos (Juan 15:13-15), y quien ha prometido que nunca nos va a dejar ni abandonar, sino que estará con nosotros hasta el fin de los tiempos (Mateo 28:20).

 

Podemos encontrar consuelo en las palabras del antiguo himno que lo dice mucho mejor: “Los amigos me pueden fallar, los enemigos me pueden atacar, Él está conmigo hasta el final. Aleluya, ¡Qué Salvador!”.

La Autoestima y la Biblia

Desde la antigüedad, las escrituras judío-cristianas han ofrecido varias de las mismas perspectivas reconocidas hoy día por los investigadores como beneficiosas para edificar la autoestima. La Biblia repetidamente menciona elementos del control y la eficacia propia, conectando el «hacer bien» con el «sentirse bien».

 

Toda persona tiene en su interior sentimientos, que según su personalidad puede manifestarlos de diferentes maneras. Muchas veces estas manifestaciones dependen de otros factores, según el lugar físico, sentimental y emocional, éstos pueden influir positiva o negativamente en la formación de la persona o sea en la Autoestima.

 

¿Qué es la Autoestima?

La autoestima se define como el sentimiento valorativo de nuestro ser, de nuestra manera de ser, de quienes somos nosotros, del conjunto de rasgos corporales, mentales y espirituales que configuran nuestra personalidad. Esta se aprende, cambia y la podemos mejorar. Es a partir de los 5-6 años cuando empezamos a formarnos un concepto de cómo nos ven nuestros mayores (padres, maestros), compañeros, amigos, etcétera y las experiencias que vamos adquiriendo.

 

Según como se encuentre nuestra autoestima, ésta es responsable de muchos fracasos y éxitos, ya que una autoestima adecuada, vinculada a un concepto positivo de mí mismo, potenciara la capacidad de las personas para desarrollar sus habilidades y aumentará el nivel de seguridad personal, mientras que una autoestima baja enfocará a la persona hacia la derrota y el fracaso.

 

Pero, ¿Qué pasa con la llamada “baja autoestima”?

Todos tenemos en nuestro interior sentimientos no resueltos, aunque no siempre seamos conscientes de estos. Los sentimientos ocultos de dolor suelen convertirse en enojo, y con el tiempo volvemos el enojo contra nosotros mismos, dando así lugar a la depresión.

 

Estos sentimientos pueden asumir muchas formas: odiarnos a nosotros mismos, ataques de ansiedad, repentinos cambios de humor, culpas, reacciones exageradas, hipersensibilidad, encontrar el lado negativo en situaciones positivas o sentirse impotentes y autodestructivos.

 

Cuando una persona no logra ser autentica se le originan los mayores sufrimientos, tales como, enfermedades psicológicas derivadas por lo general en depresión, neurosis y ciertos rasgos que pueden no llegar a ser patológicos, pero crean una serie de insatisfacciones y situaciones de dolor, como por ejemplo, timidez, vergüenza, temores, trastornos psicosomáticos, entre oros.

 

La autoestima es importante porque es nuestra manera de percibirnos y valorarnos, así como también moldea nuestras vidas. Una persona que no tiene confianza en sí misma, ni en sus propias posibilidades, ya sea por experiencias vergonzantes que lo han hecho sentir de esa manera, o por mensajes de confirmación o negativos, son trasmitidos por personas importantes en la vida de ésta, que la alientan o la denigran.

 

Otra de las causas por las cuales las personas llegan a desvalorizarse, es por la comparación con los demás, destacando de éstos las virtudes en las que son superiores, por ejemplo: sienten que no alcanzan lograr llegar a “niveles” que otros alcanzan; creen que su existencia no tiene una finalidad, propósito, ni sentido y se sienten incapaces de otorgárselo; sus seres queridos los descalifican y la existencia se reduce a la de un ser con muy baja autoestima. No llegan a comprender que todas las personas son diferentes, únicas e irrepetibles, por lo que se consideran menos que los demás.

 

La persona, va creciendo y formando su personalidad dentro del ambiente familiar, que es el principal factor que influye en la formación de la misma, ya que le incorpora a ésta los valores, reglas y costumbres que a veces suelen ser contraproducentes.

 

Algunos de los aspectos ya mencionados son incorporados, a la familia, por medio del “modelo” que la sociedad nos presenta, y éste es asimilado por todos los grupos sociales. Pero, la personalidad de cada uno, no sólo se forma a través de la familia, sino también, con lo que ésta cree que los demás piensan de ella y con lo que piensa de sí misma, al salir de este ambiente y relacionarse con personas de otro grupo diferente.

 

La autoestima, además es aprender a querernos, valorarnos, aceptarnos como somos y respetarnos; es algo que se construye o reconstruye en nuestro intelecto, pero depende (no enteramente) del ambiente familiar en el que estemos y los estímulos que este nos brinda.

 

Muchas de las heridas emocionales que tiene una persona, producidas en su niñez pueden causarnos trastornos psicológicos emocionales y físicos (psicosomáticos: cáncer, úlceras, hipertensión, trastornos cardíacos y alimentarios, problemas en la piel, depresiones, etc.), produciendo dificultades en la vida de las mismas (conflictos serios en el trabajo, disminución de la energía y de la capacidad creativa, relaciones matrimoniales desastrosas, no poder hacer o conservar amigos, poco entendimiento con las hijas e hijos).

 

Existen padres, madres, docentes o cuidadores que humillan, desprecian, no prestan atención, se burlan o se ríen del niño/a cuando pide ayuda, siente dolor, tiene un pequeño accidente, necesita que lo defiendan, expresan miedo, piden compañía, se aferra buscando protección, tiene vergüenza, etc..

 

Rescatando nuestra valía

Hay que tener en cuenta que el concepto de “autoestima” como sentimientos de valía basados en habilidades, logros, estatus, recursos financieros, o apariencia, puede conducir a que la persona se sienta independiente, orgullosa, e indulgente en la auto-idolatría, la cual embota nuestro deseo por Dios, pues “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.” Santiago 4:6.

 

Si sólo confiamos en nuestros “logros”, inevitablemente nos quedaremos con una sensación de mérito basado en el orgullo. Jesús nos dijo: “Cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos.” Lucas 17:10.

 

Esto no significa que los cristianos deban tener una baja autoestima. Sólo significa que nuestro sentido de ser una buena persona, no debe depender de lo que hacemos, sino de quiénes somos en Cristo. Necesitamos humillarnos a nosotros mismos ante Dios, y Él nos honrará. El Salmo 16:2 nos enseña: “Tú eres mi Señor; no hay para mí bien fuera de ti.”

 

Así los cristianos alcanzan valía y autoestima, teniendo una correcta relación con Dios. Podemos saber que somos valiosos, por el alto precio que Dios pagó por nosotros, a través de la sangre de Su Hijo, Jesucristo.

 

La Biblia nos dice que Dios nos dio el valor cuando nos compró para que fuésemos Su propio pueblo (Efesios 1:14). Por esto, solo Él es digno de honor y alabanza. Cuando tenemos una sana autoestima, nos valoraremos lo suficiente para involucrarnos en hacer y procurar siempre el bien a los demás.

 

Por ello, debemos conducirnos con humildad, pensando en los demás como superiores a nosotros mismos (Filipenses 2:3). El Apóstol Pablo nos advierte: “A cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.” Romanos 12:3.

 

Esa sencillez, que sería la media entre el orgullo vanidoso de quienes ostentan la soberbia como estilo de vida, y la baja autoestima del otro extremo que deriva en depresión, acompañada de sentimientos negativos, ya sean físicos, emocionales, intelectuales… propios de desaprobación, en Cristo tienen solución.

 

El apóstol Pablo, en su segunda carta a los corintios, escribió: “… De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas…” ¿Qué es estar en Cristo? Precisamente es vivir junto con Él, seguirle y obedecerle porque le amamos.

 

Reconocer que le necesitamos para alcanzar la plenitud en esta tierra, y que solo por Él podremos obtener la vida eterna. Estar en Cristo es anhelar ser como Él. Cuando nos dejamos abrazar por el perdón, la misericordia y el amor de Dios, nuestra vida jamás volverá a ser la misma, porque todo lo que el Señor hace es nuevo, único y con una nueva esperanza.

 

También es importante saber que parte de nuestra autoestima es reconocer nuestras raíces, nuestra procedencia genealógica y darle honor a nuestros ancestros, abuelos, padres y seres queridos, a quienes gracias a su vida, trabajo, y esfuerzo nos han legado la vida. Y para ello, existe Passaway.Org , una plataforma en la Internet, donde podemos rendir tributo en su memoria y celebrar la vida después de la vida.

 

No estaremos completos, si no reconocemos de dónde venimos, pues somos un eslabón en la cadena de la vida. Así que procedamos a valorar también a nuestros parientes, honrando y celebrando mediante un obituario, imágenes, audios, textos cada una de sus vidas, pues vivirán mientras los recordemos.

 

Recuerda: En Passaway.Org

La Oración, línea directa con nuestro Padre

A quién no le gusta pasar tiempo y hablar durante horas con su mejor amigo. También es fácil hablar de muchas cosas con alguien cuando sabes que te ama incondicionalmente. Pues, bien, en eso mismo consiste la oración. La oración es nuestra línea directa que nos permite hablar Dios. Él quiere que nosotros nos comuniquemos con Él, como una llamada telefónica de persona a persona.

Así como tu teléfono celular, aparatos que se han vuelto imprescindibles y convertido en parte de nuestra vida –y prácticamente no podríamos en este tiempo vivir sin ellos-, así mismo debe haber en nosotros esa necesidad para hablar, tener comunicación e intimidad con nuestro Padre Celestial.

Mediante la oración, podemos buscar en Dios su consejo y orientación (Ex 33:13; Sal 86:11), le podemos expresar una petición (Jue 3:9; 2 Sa 22:7; Jr 15:15), podemos agradecer lo mucho que Él nos bendice y nos ama (Fil 4:6; Da 6:10; Col 3:17) y para rendirle adoración.

La oración es fuente de poder para el creyente. El mismo Señor Jesús, buscaba siempre el rostro de Dios en oración muy temprano en la mañana y luego fortalecido con su presencia sanó enfermos, resucitó muertos e hizo muchos milagros.

¿Y cómo debo orar?

El Señor Jesús, a petición de sus discípulos para que les enseñase a orar, les dijo: “Cuando oren, digan:

Padre nuestro que estás en los cielos (Lc 11:2). En las oraciones que registran los evangelios nos muestra que el Señor Jesús siempre se dirigía a Dios como su Padre (Mt 11:25, 26:39 Jn 11:41, 12:27-28, 17:1-2, Lc 23:4), enseñándonos así, que podemos acercarnos de una manera más íntima a Dios. En el Antiguo Testamento nadie se atrevió a llamar a Dios “Padre”. Solo Cristo hizo esto. De tal manera que ahora, tú mismo al recibir a Jesús como tu Señor y creyendo en Él, eres adoptado y hecho hijo de Dios (Jn 1:12). Así que debes reconocerlo como tu Padre, así como Él te reconoce como su hijo. ¡Renaces a una nueva vida! (Juan 3:5,6).

Santificado sea tu Nombre (Lc 11:2). Santificar el nombre de Dios es consagrarte para Él. Él te ha hecho Su hijo y ahora tienes su Nombre. Así como fuiste registrado al nacer, mediante un acta de nacimiento, -donde está también el nombre de tus progenitores-, y ahora eres de la familia de Dios. Llevas el Nombre de tu Padre Celestial y debes guardar esa “reputación”.

Venga tu reino (Lc 11:2). Cuando Jesús dijo la frase “Venga tu Reino” a los discípulos, hacía referencia al reino espiritual de Dios. Debido que los judíos pensaban que el Mesías restauraría el reino físico de Israel y los liberaría del sometimiento romano (Hch 1:6). El reino de los cielos esta entre los hombres desde el día que Dios se humanó y se hizo como uno de nosotros, para morir en una cruz y reconciliarnos con Dios (Is 9:11; Lc 17:20-21; Mt 4:17). Pídele que Él reine y tome el control de cada una de las áreas de tu vida. Así, se extenderá su reino entre nosotros.

Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra (Lc 11:2). Cuando oramos y decimos que se “Haga Su voluntad”, estamos pidiendo a Dios que sus propósitos se cumplan en cada uno de nosotros. La Biblia nos enseña que la voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta (Ro 12:2). Aunque muchas veces nosotros no la podamos entender. La Escritura dice: “Sus caminos son más altos que nuestros caminos y sus pensamientos son mejores que nuestros” (Is 55:8-9).

El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy (Lc 11:3). Ahora que Dios es tu padre, Él es nuestro sustentador y proveedor material (Mt 17:24-27; Lc 5:5-6), y también espiritual (Jn 6:51; 1 Co 1:5). Pero en particular el Señor Jesús siempre enfatizaba en la importancia del alimento espiritual. “Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste señaló Dios el Padre” (Jn 6:27).

Y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben (Lc 11:4). Nuestra deuda con Dios, era el pecado, como lo expresa Romanos 3:23 “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. La Biblia nos enseña que también debemos perdonar a quienes nos ofenden para que también seamos perdonados por Dios (Mt 6:14-15). Al perdonar las ofensas de otros, Dios quiere enseñarnos a limpiar nuestro corazón de orgullo, rabia, rencor, odio, celo, envidia y todo tipo de mal, que a la larga nos afecta a nosotros mismos. Uno de los ejemplos que encontramos en la Biblia es la oración de Jesús cuando dijo “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23:34). Otro ejemplo, fue la oración de Esteban mientras era apedreado, dijo: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió” (Hch 7:60).

Y no nos dejes caer en tentación, más líbranos del mal (Lc 11:4). Cuando ores, pídele a Dios ser librado de los engaños del enemigo. Todos los cristianos enfrentamos tentaciones y muchas se deben a los deseos de la carne (Santiago 1:13-14). Algunas veces ocurre de una manera tan sutil que simplemente no nos damos cuenta. Dios nos ha prometido que no permitirá que seamos tentados más de lo que podamos soportar (1 Co 10:13). Pero tenemos que pedirle que nos ayude a reconocer esa debilidad y nos de fuerza para enfrentarla. Y la mejor manera de enfrentar la tentación es en oración: “Tengan cuidado y oren, para que no entren en tentación”.

El Señor nos dice que cuando oremos: Pidamos y se nos dará, Busquemos y encontraremos, llamemos y se nos abrirá.

Orar con nuestras propias palabras y en secreto

Finalmente, una enseñanza más de Jesús sobre la oración: “Cuando oren, no sean como los hipócritas, porque a ellos les encanta orar de pie en las sinagogas para que la gente los vea. Les aseguro que ya han obtenido toda su recompensa. Pero tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto. Así tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará. Y al orar, no hablen solo por hablar, no usen vanas repeticiones imaginando que serán escuchados.” (Mateo 6:5-7).

¿Ya hablaste con tu Padre Celestial el día de hoy?

 Y aunque nuestros padres, abuelos y tatarabuelos hayan sido, o no, creyentes, sin duda, trataron de enseñarnos –en su sabiduría-, también a conectarnos con Dios. Qué bueno también fuera, que como tus ancestros y seres queridos que se han adelantado a la vida después de la vida, podamos honrarlos, rendirles tributo, inmemoriam de su esfuerzo y dedicación para que hoy, su legado, se refleje en nuestras vidas. Para ello, existe Passaway.org. Una organización en línea, donde puedes celebrar la vida de nuestros padres biológicos, que, sin duda son también el reflejo de nuestro Padre Celestial, pues vivirán mientras los recordemos.

¿Ya hablaste con tu Padre Celestial el día de hoy?