¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras!, más que la miel a mi boca.

¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras!, más que la miel a mi boca. De tus preceptos recibo entendimiento, por tanto aborrezco todo camino de mentira.

Salmos 119:103-104 (LBLA)

Cambiador del Mundo: Más dulce que la miel son a nuestro paladar las Palabras de Dios, para un cristiano nacido de nuevo y Sus mandamientos son lámpara a nuestros pies y lumbrera a nuestro camino (Salmos 119:105). A partir del día que conocimos a Jesús, creímos en Su Nombre y le confesamos todos nuestros pecados, declarándolo como nuestro Rey y Salvador, vino nuestra conversión a Cristo y muchos ese día en lo natural ni siquiera lo pudimos entender, pero Dios tomó control absoluto de nuestra vida en ese mismo instante y hoy los que hemos caminado por algunos años en Cristo, vemos como día a día Él fue quitando y poniendo, lavando y limpiando, derrumbando y restaurando, muchas cosas que en nosotros necesitábamos la mano de Dios, porque en nuestra propia fuerza todo lo que habíamos hecho, solo trajo destrucción y separación de familia, amistades pero sobre todo estábamos separados de nuestro Creador. Nadie debe de olvidar la experiencia de recibir a Jesús en nuestro corazón, ese primer amor que surge y que nunca debemos de abandonar y si alguien ha abandonado ese primer amor, hoy es necesario que regrese (Apocalipsis 2:4-5), pidiéndole perdón a Dios y que El vuelva por Su gracia a llenarnos de ese fuego del Espíritu Santo con el que caminábamos al principio el día que nos rendimos a Dios. Dios quiere nuestra excelencia y no nuestra apariencia porque en ella hay falsedad. También Él quiere un verdadero cristianismo y no un creyente de domingo, no debemos de ponernos ninguna máscara delante de nuestro Creador porque Él nos conoce íntimamente. Por lo tanto en Cristo Jesús, todo lo podemos y la fe en Su Nombre nos ha llenado de esperanza, porque El mismo ha venido a vivir a nuestros corazones y nunca nos abandonará. Así que podemos vivir confiados que terminaremos la carrera con un testimonio de haber predicado el Evangelio y haber cambiado el mundo. (Romanos capítulo 8, Mateo 28:19-20). Aleluya.

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