Alabad a Dios en su santuario

¡Aleluya! Alabad a Dios en su santuario; alabadle en su majestuoso firmamento. Alabadle por sus hechos poderosos; alabadle según la excelencia de su grandeza. Alabadle con sonido de trompeta; alabadle con arpa y lira.

Salmos 150:1-3 (LBLA)

Cambiador del Mundo: La fiesta de alabanza de la que el Señor nos habla en estos versículos, tiene que ser fruto de corazones agradecidos que aman y han puesto a Dios por encima de todas las cosas. Nuestra alabanza y nuestra gratitud al Altísimo, tienen que ir de la mano y debemos también recordar que si no hay una gratitud legítima hacia Dios, será muy difícil que nuestros labios también puedan pronunciar una verdadera alabanza que brota del corazón. Los cristianos nacidos de nuevo, hemos reconocido que sin Cristo, nuestra vida fue una constante decadencia y que conforme pasaban los años, todas las cosas se salían más y más de control, y muchos tuvimos que llegar al fango y a una total destrucción, para levantar los ojos a los cielos, porque mientras tuvimos recursos y una vida social llena de apariencia, nunca se nos ocurrió clamarle a Dios, arrepentirnos de todos nuestros pecados e invitar a Jesús para que sea el Señor y Rey de nuestra vida (Salmos 121). Gracias a Dios por Jesús que nos rescató del pozo cenagoso y cambió nuestro lamento en baile y nos dio una nueva oportunidad en nuestra vida y que ahora en Cristo, podemos dar el testimonio de que somos nuevas criaturas y tenemos la promesa de una vida eterna en los cielos, poniendo ahora nuestro corazón en buscar primeramente las cosas de arriba y dejar de afanarnos por todo lo temporal y engañoso de este mundo (1 Samuel 2:8-10). Este caminar es una puerta estrecha y un camino angosto que demanda la llenura del Espíritu Santo en nosotros y como hijos de Dios, ahora nuestra confianza no está en lo que podamos hacer o dejar de hacer para el Señor, sino en lo que le permitamos a Dios poder hacer en nosotros, para que El cumpla Su propósito en nuestra vida (Mateo 7:13, 2 Corintios 3:4-6). Cristo en nosotros la esperanza de gloria y nuestra victoria que está cambiando el mundo (Colosenses 1:26-27, 1 Corintios 15:57). Aleluya.

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