Una vida, una misión

La misión más grande que jamás se haya realizado. El Hijo de Dios viene a la tierra para redimir, para rescatar, para limpiar del pecado a sus hijos amados, a todos los seres humanos que así lo crean y lo deseen.

33 años de una vida de Dios en la tierra, marcada de ejemplos, milagros, enseñanzas, pero también de acusas y advertencias.

La vida de nuestro señor Jesucristo se sintetiza en sus últimos momentos:

La noche antes de entregarse, sabiendo lo que le esperaba, “Padre, aparta de mí este cáliz, pero si es tu voluntad la cumpliré”.

Ya había cumplido. Solo faltaba la consumación, el paso final, lavar los pecados de todos los hombres con su sangre, con su sufrimiento, con su muerte.

Allí se abre un nuevo mundo. La nueva vida, la Resurrección a través de Él.  El que crea renacerá, el que crea, volverá a vivir.

Alguien dijo: El hombre nacer no pide, vivir no sabe y morir no quiere.

Todo eso se sintetiza en pedir, en saber, en querer y creer en la Resurrección; en la vida nueva en Jesucristo.

Por eso tenemos y debemos cultivar ese concepto y el recuerdo el respeto y la cadena de vida que nos prolonga con nuestros descendientes y conecta con nuestros antepasados.

Si esperamos que nuestros hijos y nietos nos recuerden, luego de nuestra partida, lo menos que podemos hacer es recordar a nuestros antepasados a sabiendas que algún día nos reuniremos en Cristo en la nueva vida en la Resurrección.

 

La vida es Misión

Fuimos creados con un destino de grandeza, para que cada uno de nosotros deje una marca imborrable, a los ojos del Creador. Ese es nuestro propósito de vida.

Atravesamos esta vida muchas veces sin saber cuál es el propósito de nuestra existencia. Los días pasan en una sucesión de comer, dormir, ganarse el sustento diario, preocuparse en cuestiones de nuestra apariencia, acumular amigos y relaciones sociales como si fueran objetos de colección, alegrarse, preocuparse, enfermarse, curarse. Pero, ¿Es este el propósito de nuestra existencia? ¿Cómo seremos recordados el día que no estemos? Y lo más importante, ¿qué va a decir Dios cuando nos encontremos frente a Él?

No, la vida no puede ser una sucesión de eventos sin propósito, sin trascendencia. Sin dudas fuimos creados con un destino de grandeza, para que cada uno de nosotros deje una marca imborrable, a los ojos del Creador. Y encontrar ese propósito es la tarea más trascendental de nuestro existir, porque la vida es misión, y sin saber cuál es nuestra misión, vano paso haremos por este mundo.

Sin embargo, es difícil la tarea de saber cuál es la misión de cada uno de nosotros. Y Sí, me refiero a ti, y no a ninguna otra persona, al alma que lee estas líneas en este preciso instante. ¿Has pensado lo suficiente sobre cuál es el sentido de tu existencia? Conoces, ¿cuál es el propósito de tu vida?

La manera de iniciar este trascendental paso en nuestra vida, es la de meditar sobre nuestra particular ubicación física y temporal en la historia de la humanidad. Dios quiso encarnarse como Hombre, y lo hizo a través de su madre, la que le dio su carne y su sangre. Por treinta y tres años, en un punto ubicado a partir de lo que nosotros llamamos el año uno, Él vivió, comió y predicó entre nosotros. Su legado es amplísimo, pero se resume en la Iglesia, la que es su cuerpo y cada uno de nosotros somos sus miembros”.

La Iglesia entonces, se encarna en nosotros que la componemos, y de ese modo se inserta en el tiempo, en el espacio. Como Cristo, el Verbo de Dios, se insertó en tiempo y espacio como verdadero hombre, y verdadero Dios, así la Iglesia se manifiesta aquí encarnándose en sus miembros, que somos, unidos en comunión, nosotros.

La Iglesia transita los siglos y el espacio, siendo una en Cristo, pero teniéndonos a nosotros como integrantes que le dan cabida y expresión en el mundo material. Esa es nuestra contribución al plan de Dios, ni más, ni menos.

O sea que cada uno de nosotros es un pedacito de esa historia, que aquí y ahora, permite que Dios actúe en el mundo materializando su plan de salvación de las almas. Yo soy, de ese modo, un instrumento fundamental para que el cuerpo se revele y actúe como manifestación del amor de Dios en este mundo, a cada instante.

Mi misión, entonces, es la de desarrollar una tarea particular dentro de ese cuerpo, para que Dios vea en mí una realización completa y efectiva del propósito para el que fui creado. Como una parte fundamental de su cuerpo que, en este particular momento de la historia, necesita actuar como espíritu encarnado.

La clave de mi función en ese cuerpo, es la de mi relación con los demás miembros, ya que el cuerpo (es decir, la iglesia) es comunión, es una unidad que requiere que las partes se reconozcan unidas, y enfocadas en un propósito común. O sea que mi misión se empieza a revelar en cuanto comprendo quiénes son los integrantes de esa comunidad cercana con la que debo actuar corporativamente, como cuerpo.

Dios ha puesto en cada uno de nosotros una precisa cuota de talentos y capacidades, que, puestas al servicio de la iglesia, en comunión, en unidad, dan los frutos establecidos en el propósito de nuestra creación. Esto podemos llamarlo misión.

No estamos hablando de una misión que, en términos humanos, provoque fama y visibilidad. No es eso de lo que se trata, aunque a veces eso es parte de la particular función de algunas partes del cuerpo. Se trata en general de desarrollar en extremo un testimonio de amor, entrega y virtud, en aquel espacio en que nos toca vivir.

Un artista será testimonio del amor de Dios en el arte, una madre dará muestra del amor puesto al servicio de formar buenos hijos de Dios, un padre trabajador podrá ser ejemplo de honestidad y esfuerzo, honrando a Dios en todo momento y circunstancia.

Algunos son elegidos, llamados, para trabajar en forma directa en la inagotable tarea de la evangelización, como apóstoles. Y no me refiero sólo a almas consagradas, sino también “a todos los llamados de mi nombre, para gloria mía los formé y los hice” (Is. 43:7) que reciben lo necesario para tomar las semillas que la Iglesia disemina, e inseminarlas en el suelo fértil del mundo. Es decir, en sembrar la Palabra en la tierra de la sociedad, para que germine y produzca frutos de evangelización, al mil por uno.

La vida es misión, sólo que millones de almas la transitan sin siquiera saberlo, sin dedicarse a descubrir el propósito de su existir. No hay nada más triste que circular por la vida sin dejar una marca que permita a Dios sentirse orgulloso de nosotros.

Y tú, como parte del cuerpo del Señor, ¿actúas en tu carne y tu mente, en tu palabra y en tus actos, permitiendo al Espíritu manifestarse a través tuyo, para darle la gloria a Dios?

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