La aceptación y el rechazo

Antes que nada, es importante considerar que, aunque en alguna época de nuestra vida hemos de algún modo sufrido por el rechazo, Dios siempre está buscándonos diciendo: “Con amor eterno te he amado. Por lo tanto, te prolongué mi misericordia”. (Jeremías 31:3). También otro pasaje dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo el que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna”. (Juan 3:16).

 

Contrario a la aceptación, el rechazo no lo podemos evitar, pero si podemos manejarlo. Según la Palabra, en Proverbios 3.5-8, dice: “Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas. No seas sabio en tu propia opinión; teme a Jehová, y apártate del mal; porque será medicina a tu cuerpo, y refrigerio para tus huesos”.

 

Cuando ocurre algún incidente, por ejemplo, nos hace pensar o sentir que hemos sino rechazados o que alguien no nos ha mostrado amor (pensamos o sentimos que somos rechazados o no amados) Decidimos permitir que esos pensamientos y sentimientos nos controlen y reaccionamos rechazando a los que nos rechazaron o nos esforzamos más por complacerlos.

Como consecuencia de nuestras reacciones, atraemos más rechazo, repitiendo el ciclo, hasta un punto tal que se podría denominar “muerte en vida” y la relación queda totalmente destruida.

 

El ser humano no fue diseñado para ser rechazado, y buscamos formas de salir del dolor, un escape. Si no estamos en Cristo o no usamos los medios que Él nos ha provisto para resolver el asunto del dolor y del rechazo, vamos a buscar nuestros propios caminos para minimizar el dolor (lo que la psicología llama “mecanismos de defensa que, si bien pueden provocar algún alivio” temporal”, en el corto plazo, en el largo plazo en lugar de resolver el problema, lo van a agravar.

 

Cuando esas formas “personales” de salir del dolor se repiten una y otra vez, provocan que la persona se aficione a su utilización, por lo que deviene en las “adicciones”, que no es otra cosa que una forma de atadura, de “esclavitud”, que deriva en una “parálisis espiritual”.

 

El rechazo, percibido como abuso y traición, provoca sentimientos de abandono, repudio, confusión, afrenta, vergüenza, tristeza, humillación. En la medida en la que se perciben más y más situaciones de rechazo, estos sentimientos llegan a ser tan fuertes en la persona, que provocan una “parálisis emocional” (inhabilidad para dar y recibir amor), que provocan que la persona se marchite, se seque, se convierta en una persona emocionalmente estéril: “Así ha dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová. Será como la retama en el desierto, y no verá cuando viene el bien, sino que morará en los sequedales en el desierto, en tierra despoblada y deshabitada. Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová.” (Jeremías 17.5-6).

 

Derivado de esa parálisis espiritual y emocional, la persona se ve “invadida” cada vez más, por sentimientos de desánimo, decepción, frustración, depresión, soledad, aislamiento, aflicción, amargura, desesperanza, autocompasión, que son, en última instancia, los factores precipitantes de muchas enfermedades físicas (las enfermedades de origen psicosomáticas, según algunos estudios modernos, pueden llegar a ser el 75% de todas las enfermedades de las personas).

 

La solución bíblica para el rechazo.

Aunque a Cristo lo rechazaron, también a nosotros nos rechazarán (Juan 17:14). No podemos evitarlo, sino solo manejarlo. Mientras uno siga esforzándose por ganar la aceptación de las demás personas, seguirá experimentando dolor, pérdida y más rechazo: “Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz.” (Santiago 3:16).

 

Cuando creemos que Dios nos ama profundamente, ya no buscaremos la aprobación y/o aceptación de otros: “En Dios he confiado; no temeré; ¿Qué puede hacerme el hombre?”(Salmos 56:11.

Derivado de ello, utilizaremos la experiencia para crecer en Cristo, permitiendo que Dios obre en esa circunstancia para nuestro bien, formando el carácter de Cristo en nosotros: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.” (Romanos 8:28-29) y Gálatas 5:22-23, dice: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra cuentos cosas no hay ley.”

 

Como consecuencia de nuestra respuesta, cosecharemos, tarde o temprano, amor, consideración y respeto de Dios y de otros.

 

Es importante que aceptemos que Dios nos amó como somos: física y emocionalmente. Espiritualmente Él nos transforma en la clase de personas que Él quiere que seamos. Así que demostremos ese amor y aceptación, así como Dios nos amó y dio a Su Hijo por nosotros.

 

Otra forma de honrar ese amor hacia los demás, es honrando la memoria de nuestros ancestros, que se han adelantado a nuestra existencia. Y aunque ya no estén con nosotros físicamente, podemos “aceptarlos” espiritualmente honrando su memoria. Y para ello existe Passaway, una plataforma en la Internet (sabiamente creada) para mostrar nuestro amor y aceptación, mediante un tributo, un obituario in memoriam, pues nuestros ancestros (abuelos, padres, seres queridos) vivirán mientras los recordemos.

 

Sembremos amor en vez de odio. Ese es el mensaje de nuestro Dios: Amar al prójimo y para ello, debemos aceptarnos como Él nos hizo. Así nos amó. Así, amemos a nuestros semejantes.

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