¿Qué dice la Biblia acerca de la soledad?

En primer lugar, hay que diferenciar entre estar a solas y sentirse solo. Son dos situaciones totalmente diferentes. Alguien puede estar a solas sin sentirse solo, y también se puede sentir solo en una habitación llena de gente.

 

La soledad se puede resumir, simplemente, como un estado de ánimo. También se refiere a una emoción provocada por sentimientos de separación de otros seres humanos.

 

La sensación de aislamiento, provocada por la persona misma, para estar en soledad, aún cuando pudiera compartir un espacio o lugar con otras personas, ya sean amigos, familiares, compañeros de trabajo o estudio, o de rechazo, provocada por otras personas con los que hay algún tipo de relación, se siente profundamente por los que quieren estar o están “solos”.

 

La palabra hebrea traducida “desolado” o “solo” en el Antiguo Testamento, significa “único”, “solo uno”; “uno que es solitario”, “abandonado”, incluso: “miserable”. Y es que según las escrituras, no hay tristeza más profunda que en algún momento venga a la mente la idea de que estamos “solos” en el mundo, que no tenemos un amigo, que no le importamos a nadie, que nadie se preocupa por lo que nos pudiera ocurrir, o que a nadie le importaría si llegáramos a dejar de existir.

El ser humano, no fue hecho o diseñado para estar en soledad. El Génesis relata como Dios mismo, luego de crear al primer hombre dijo: «No es bueno que el hombre esté solo. Haré una ayuda adecuada para él. Entonces el Señor Dios hizo una mujer, y la presentó al hombre» (Génesis 2:18,21)

 

Dios mismo proveyó compañía para el estado de soledad del primer ser humano. Para colmar la soledad de Adán, Dios crea para él «una ayuda adecuada». En la Biblia el término «ayuda» en la mayor parte de los casos tiene a Dios como sujeto, hasta llegar a convertirse en un título divino («El Señor está conmigo y me ayuda» Sal 117, 7); con «ayuda», además, no se entiende una intervención genérica, sino el auxilio dado frente a un peligro mortal. Creando a la mujer como ayuda adecuada, Dios libra al hombre de la soledad que es un mal que mortifica, y lo inserta en la alianza que da vida: la alianza conyugal, en la cual el hombre y la mujer se donan recíprocamente la vida; la alianza matrimonial, en la cual padre y madre transmiten la vida a los hijos.

Sin embargo, y pese a la provisión de Dios, debido a su desobediencia, esa unión perfecta se diluyó y entró en el hombre un estado de “vacío”, debido a que en el ser humano estaba contenida la presencia de su Espíritu. Ahora, tiene compañía, pero su espíritu está lejos de su hacedor. Y nuevamente la soledad le mortifica.

Nada separa tanto al ser humano de la presencia de Dios, que el pecado. El hombre intenta llenar ese vacío y soledad existencial con lo que éste cree, de manera alternativa, que puede satisfacer su interior. “Hay caminos que parecen rectos y al final son caminos de muerte”, enseña Proverbios 14:12.

 

Grandes hombres de Dios también experimentaron momentos de soledad. David, el salmista y rey de Israel, sintió ese vacío profundamente. En una serie de peticiones sinceras y desde lo más profundo de su corazón que le hizo a Dios, David clamó en su soledad y desesperación. Su propio hijo se levantó contra él, los hombres de Israel lo persiguieron, y se vio obligado a huir de la ciudad, y dejar su casa y su familia. “Mírame, y ten misericordia de mí, porque estoy solo y afligido”: Salmo 25:16.

 

Su único recurso fue volverse a Dios y suplicar por la misericordia y la intervención Divina:

“Mírame, y ten misericordia de mí, porque estoy solo y afligido. Las angustias de mi corazón se han aumentado; sácame de mis congojas. Mira mi aflicción y mi trabajo, y perdona todos mis pecados. Mira mis enemigos, cómo se han multiplicado, y con odio violento me aborrecen. Guarda mi alma, y líbrame; no sea yo avergonzado, porque en ti confié. Integridad y rectitud me guarden, porque en ti he esperado. Redime, oh Dios, a Israel de todas sus angustias”: Salmo 25:16-21.

 

En medio de su profunda soledad y tristeza, angustia y desesperación, David estaba consciente de que su única esperanza, consuelo y fortaleza, de que la respuesta sólo estaba en Dios.

 

Es interesante destacar que la palabra “solo” nunca se usa en el Nuevo Testamento para describir un estado emocional de ninguna persona. En el nuevo testamento, la palabra “solo” sólo aparece dos veces y en ambas ocasiones se refiere a lugares desiertos:

“… Grandes multitudes pronto rodeaban Jesús, de modo que ya no podía entrar abiertamente en ninguna ciudad. Tenía que quedarse en lugares solitarios, apartados, pero aun así gente de todas partes seguía acudiendo a él” (Marcos 1:45).

“A menudo Jesús se retiraba a lugares donde podía estar solo para orar”. (Lucas 5:16)

El Maestro se retiraba a lugares apartados, solitarios… donde el Señor Jesús iba para estar a solas, pero no porque se sintiera en soledad, sino que lo hacía con un propósito: Llenarse de Dios.

 

El ser humano, ahora en Cristo Jesús, quien es la perfecta provisión para el estado de vacío del ser humano y volver a tener comunión total. “Jesús dijo: Yo soy el camino (la solución), y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”. Juan 14:6; “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”: Romanos 5:8.

Muchas persona  sienten profunda soledad y tristeza cuando pierden la “compañía” de su pareja, de sus padres, abuelos, de un hijo, o un ser muy querido. La impotencia y vacío existencial se hace intenso. El consecuente luto, se puede hacer llevadero, cuando honramos su memoria. Cuando recordamos su vida, enseñanzas y legado, estamos también liberando esos sentimientos de soledad, y para ello existe Passaway.Org, una plataforma especializada en la Internet que nos ayudará a tener, también, comunión con nuestros ancestros y seres queridos, pues, “vivirán, mientras los recordemos”.

 

Pero, cualquiera que sea la causa de la soledad, el ser humano de hoy, puede experimentar sanidad completa mediante la comunión y el consuelo que sólo se encuentra en Jesucristo.

 

Esa relación de amor con nuestro Maestro ha afirmado y alentado a miles y miles que sufrieron en prisiones e incluso llegaron a la muerte por amor a Él. Él es el amigo “más unido que un hermano” (Proverbios 18:24), que da su vida por Sus amigos (Juan 15:13-15), y quien ha prometido que nunca nos va a dejar ni abandonar, sino que estará con nosotros hasta el fin de los tiempos (Mateo 28:20).

 

Podemos encontrar consuelo en las palabras del antiguo himno que lo dice mucho mejor: “Los amigos me pueden fallar, los enemigos me pueden atacar, Él está conmigo hasta el final. Aleluya, ¡Qué Salvador!”.

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